Instalar un asistente de IA en el navegador toma menos de un minuto. Antes de activarlo aparece una pantalla de permiso que pocas personas leen hasta el final: "leer y cambiar todos tus datos en los sitios que visitas". Es la misma frase que Chrome for Developers, la documentación oficial de Google, asocia a cualquier extensión capaz de insertar código en cualquier página abierta en el navegador, desde un resumidor de texto hasta una barra lateral de traducción.
El problema es que ese permiso no distingue páginas comunes de sistemas internos. Vale tanto para el sitio de noticias que alguien lee en el descanso como para el sistema financiero que usa toda la mañana. Según el Enterprise Browser Extension Security Report 2025, de la empresa de seguridad LayerX, publicado en abril de 2025, 53% de las extensiones instaladas en entornos corporativos tienen acceso a datos sensibles — contraseñas, contenido de página e información de navegación. Entre las extensiones que usan IA, el porcentaje con permisos clasificados como de alto riesgo sube a 58%.
Para quien decide sobre tecnología en la empresa, el número aislado importa menos que su implicación: un tercero desconocido, que la empresa nunca evaluó ni contrató, pasa a ver la pantalla exactamente como la ve el empleado, todo el tiempo, en cualquier sistema abierto.
Lo que el permiso realmente autoriza
La pantalla de permiso del navegador no tiene forma de saber la intención de quien programó la extensión. Un resumidor de texto y un programa que copia contraseñas usan, técnicamente, el mismo recurso: un guion que corre dentro de la página y puede leer o cambiar cualquier cosa en ella. Por eso el navegador asume el peor escenario y muestra la advertencia más amplia que existe, sin importar si la extensión merece o no esa confianza.
La misma investigación de LayerX ayuda a explicar por qué este riesgo queda invisible para la mayoría de las empresas: 54% de las extensiones instaladas vienen de un autor no identificado — solo una dirección de correo genérica —, 51% no reciben actualización hace más de un año y 26% llegan al computador del empleado fuera de la tienda oficial del navegador, sin ninguna revisión previa.
Ninguno de estos números describe una extensión específica como maliciosa. Describen un entorno en el que la empresa no sabe quién escribió el programa que está leyendo la pantalla de sus empleados, ni si seguirá siendo el mismo programa mañana.
Cuando la extensión de confianza se vuelve la puerta de entrada

Esa última parte — "seguir siendo el mismo programa mañana" — es lo que casos reales muestran con más claridad. En diciembre de 2024, según el sitio de seguridad The Hacker News, al menos 35 extensiones de Chrome fueron comprometidas y más de 2,6 millones de instalaciones quedaron expuestas al robo de datos. El camino de entrada no fue una falla técnica del navegador: fue un correo de phishing dirigido a quienes mantenían esas extensiones, haciéndose pasar por un aviso de la propia tienda de Chrome.
Una de las empresas afectadas, Cyberhaven, tuvo la cuenta de un empleado secuestrada por ese mismo tipo de correo. Según SecurityWeek, los atacantes publicaron una versión adulterada de la extensión de la empresa en la tienda oficial de Chrome; circuló por más de 24 horas antes de ser retirada, recolectando credenciales de sesión e identificadores de cuenta de quienes la tenían instalada — incluidas personas que nunca hicieron clic en nada sospechoso, porque la actualización llegó sola, como lo hace cualquier extensión de confianza.
El mismo patrón aparece en herramientas de IA más recientes. En noviembre de 2025, la empresa de seguridad SquareX reveló, según SiliconANGLE, una función poco documentada en el navegador de IA Comet, de Perplexity: un canal interno que permite a ciertas extensiones ejecutar comandos directamente en el computador del usuario, algo que los navegadores tradicionales bloquean por defecto. Ninguna extensión necesita ser maliciosa desde el inicio para convertirse en un problema; basta una actualización, una cuenta de desarrollador comprometida o una función poco divulgada.
Lo que tiene que existir en la práctica
Un entorno de IA gobernado resuelve esto no con una política de "extensiones prohibidas", sino con mecanismos verificables que reemplazan el plugin de origen desconocido.
Entrada por identidad corporativa, no por una cuenta personal desconocida. El acceso a la IA viene del mismo directorio de usuarios de la empresa — el gafete digital de cada empleado; cuando alguien es desvinculado, el acceso cae con él, sin depender de que alguien recuerde revocar una extensión instalada en cada máquina.
Conexión con sistemas función por función, nunca la herramienta entera. En vez de darle a un agente de IA acceso total a un sistema financiero o de correo — la misma lógica de "leer y cambiar todo" de las extensiones —, se habilita solo la función necesaria para esa tarea.
Aprobación humana antes de una acción sensible. Documentos críticos y acciones de mayor riesgo pueden exigir revisión y aprobación en dos etapas, con quien propone separado de quien aprueba — configurable, no en cada respuesta.
Registro de auditoría de cada conexión y cada permiso otorgado. A diferencia de una extensión instalada por cuenta propia, cada conexión con un sistema queda registrada: quién la autorizó, cuándo y con qué alcance.
Para cerrar exactamente esa brecha — el mismo poder de verlo todo yendo a un tercero sin contrato ni control — fue que se diseñó Skyller: identidad proveniente del directorio de la empresa, acceso por rol y aprobación como estándar de funcionamiento, no como configuración adicional.
La ganancia de cambiar el plugin suelto por el agente corporativo

El argumento de seguridad ya basta para justificar el cambio, pero hay una ganancia práctica que suele pesar más en la decisión del día a día. Cuando cada empleado decide por su cuenta qué extensión instalar, la empresa termina con decenas de herramientas aisladas, cada una viendo un pedazo de la pantalla de una sola persona, sin ninguna visión de conjunto para TI sobre qué está realmente conectado.
Un entorno corporativo de IA invierte esa lógica: la conexión con un sistema se aprueba una vez, por función, y queda disponible para quien la necesite, con el mismo control de acceso aplicado a cualquier otro sistema de la empresa. Una plataforma como Skyller, por ejemplo, mantiene ese tipo de conexión configurable función por función, en vez de un poder total otorgado de una sola vez. El equipo de TI deja de descubrir extensiones instaladas después del hecho y pasa a decidir, de antemano, qué puede o no ver la pantalla de trabajo.
Esto también cambia la conversación sobre el riesgo. En vez de preguntar "qué extensiones están instaladas hoy en los computadores de la empresa" — pregunta que, como muestran los números de LayerX, buena parte de las empresas no sabe responder —, la pregunta se vuelve "qué conexiones aprobamos, para quién y con qué alcance". La segunda pregunta tiene respuesta objetiva. La primera, en la práctica corporativa común, rara vez la tiene.
Una hoja de ruta para empezar
Antes de decidir prohibir o permitir extensiones de IA por cuenta propia, vale la pena llevar estas preguntas a la próxima conversación con el área de TI:
- Haz el inventario de lo que ya está instalado. Sin esa lista, ninguna decisión sobre extensiones de IA se basa en hechos: es una suposición sobre lo que el equipo podría estar usando.
- Verifica quién tiene acceso de "leer y cambiar todo" y dónde. No toda extensión con ese permiso es un problema, pero ninguna decisión debería tomarse sin saber cuáles lo tienen.
- Ofrece una vía oficial antes de prohibir la alternativa personal. Una política sin alternativa tiende a reducir la visibilidad del uso, no el uso en sí.
- Trata la actualización de una extensión como un cambio de proveedor. El programa que la empresa aprobó ayer puede no ser el mismo que corre hoy, sin que nadie haya decidido nada.
- Mide el alcance de cada conexión, no solo si existe. La pregunta correcta no es "el equipo usa IA en el navegador", sino "qué puede ver y cambiar esa conexión específica".






